miércoles, 20 de febrero de 2013

EL BUEN SAMARITANO


 



EL BUEN SAMARITANO


París, enero del 1885. Cementerio de Montmartre.

Ha caído la noche, la luna llena y su tenue luz nos brindan la posibilidad de entrever las variadas construcciones funerarias que nos rodean, algunas son sencillas lápidas de mármol que caen sobre las tumbas, otras suntuosos panteones de las clases pudientes de la ciudad, siempre en este caso adornados con esculturas angelicales o virginales que con los brazos abiertos y la mirada perdida hacia el cielo nos invitan a refugiarnos en su regazo, para así poder consolarnos por el ser querido desaparecido.      Otras simplemente son cruces de piedra o madera que señalan una tumba excavada en la tierra del camposanto, pero todas ellas van grabadas con el nombre de sus propietarios. Aunque no siempre estos datos identificativos son visibles, debido a que muchas de las tumbas están recubiertas de un verde, húmedo y esponjoso musgo, fruto de la intensa humedad que domina el ambiente y que se va apoderando de cualquier  superficie sin prisa pero sin pausa.
Las abundantes lluvias parisinas provocan el deterioro implacable de las sepulturas, sean de la clase que sean, luciendo varios regueros negruzcos en su superficie. Son las marcas del paso del tiempo y aunque parece que en los cementerios el tiempo se detiene, este deterioro nos recuerda que no es así. Ya son sesenta años los que han pasado desde que se inaugurara el Cementerio de Montmartre, concretamente el 1 de enero de 1825 y con el paso de estas seis décadas han tomado importancia en el paisaje los arces que ahora en pleno invierno lucen sin hojas, desnudos, y con un esquelético aspecto, sirviendo de apoyo a los cuervos que aferrados a sus ramas son los únicos habitantes vivos del lugar.


Hace mucho frío, pero con la humedad la sensación térmica se intensifica notablemente, aunque esto a los que aquí descansan les importe bien poco, no le sucede lo mismo a la joven Lucile Goupil, el intenso frío la ha despertado. Mademoiselle Goupil no puede moverse, su movilidad se ha visto drásticamente reducida al haber sido introducida a la fuerza en un nicho pequeño, la construcción funeraria que la retiene es como una caseta de un metro de altura, y a lo ancho tiene el espacio justo para introducir un féretro, está terminada con un tejado a dos vertientes.  Ella está recostada entre el ataúd y la pared, asustada, dolorida y muerta de frío.
Su primera reacción es tocarse la parte baja de la cabeza cerca de la nuca, un intenso dolor la atraviesa y se da cuenta de que tiene una herida, pero no es una herida reciente, la sangre esta seca y su pelo está apelmazado en esa zona por lo que si intenta mover la cabezadota cómo le tira y le duele. Mira a su alrededor intentando encontrar la forma de salir de allí, pero no puede ver nada. Está completamente a oscuras y desorientada, lo único que sabe es que sigue en el Cementerio de Montmartre.
El padre de Lucile, Monsieur Philipe Goupil, un humilde sastre de cincuenta y cinco años ha sido enterrado hace doce horas no muy lejos de dónde ella se encuentra. El entierro ha sido sencillo, pues aunque Monsieur Goupil era afortunado en el amor, contaba con el de su esposa y con el de sus tres hijos, no le sonreía la fortuna en los negocios y su sastrería apenas les daba para comer. Su salud era frágil y su esposa no se sorprendió demasiado cuando hace dos días al despertarse lo encontró sin vida en la cama de matrimonio, a su lado. De sus tres hijos, Lucile era la más pequeña y la única niña, siempre había estado muy unida a su padre, quedarse sin él a los dieciséis años había resultado un golpe durísimo, difícil de encajar para ella.

Las lágrimas se agolpan en sus ojos y un nudo en la garganta le impide gritar, sigue intentando moverse. El vestido que lleva no la ayuda demasiado en conseguir su objetivo. Lucile va vestida toda de negro, la parte superior se compone de un corsé de escote cuadrado, adornado con una fina puntilla que también asoma al final de las mangas en las muñecas y la falda es larga hasta los pies. Nota que algo le roza los pies y empieza a moverlos frenéticamente cuando descubre por los chillidos que emite el animal que es una rata la que juega a intentar colarse en el interior de su falda. Con una certera patada consigue librarse de ella, pero su miedo no cesa, se incrementa a cada frío minuto que pasa en el interior de la tumba, tiene que mantener la calma y recordar cómo ha llegado allí.


                                               ***



Sus pensamientos viajan al preciso momento en el que estaba despidiendo para siempre a su padre. La familia Goupil al completo, vestida de riguroso luto, reunida alrededor del ataúd de pino y escuchando al padre Vincent recitar el Salmo del buen pastor y pedirle a Dios que reciba en su reino el alma del buen Philipe Goupil.
No es difícil darse cuenta de que Lucile es la más afectada, o tal vez es la que más exterioriza su dolor, no puede contener el llanto y sus dos hermanos la sostienen delicadamente para que no se desmaye en el duro momento de inhumar los restos mortales del patriarca. Será enterrado en la zona más humilde del cementerio, aquí no hay panteones ni sepulturas de mármol, aquí sólo está la tierra húmeda. Pueden verse varios hoyos profundos excavados uno al lado del otro formando una hilera ordenada de futuras tumbas. Una sencilla cruz de piedra con el nombre de Phillipe Goupil señalará dónde reposarán sus restos mortales para la eternidad, su familia ha optado por gastar los escasos ahorros que tenía en esta cruz de piedra tallada. La otra opción mucho más barata era poner una cruz de madera, pero con las intensas humedades y el efecto del sol lo más probable es que acabara desintegrándose con el paso de los años.
Una fina llovizna empieza a caer cuando todo ha terminado, esto provoca que la mayoría de asistentes al sepelio opten por marcharse con más premura de la esperada, la viuda se adelanta recibiendo muestras de condolencia y los más sentidos pésames.          

Lucile se ha quedado de rodillas, llorando con la cabeza entre las manos, sin importarle la lluvia, el frío o el barro que le está ensuciando todo el vestido, sólo puede pensar en el desamparo y desconsuelo que la invaden, pero una mano se posa con cariño en su hombro y unas amables palabras la consuelan.

_  Mí más sentido pésame Mademoiselle Goupil.
_Muchas gracias Monsieur Dupont.- responde ella mientras se pone de pie e intenta recomponerse.
_ Perdóneme, la he visto aquí tan afligida que no he podido evitar acercarme para intentar ofrecerle un poco de consuelo.-
_ No se preocupe Monsieur Dupont, saldremos adelante. No le niego que será difícil, para mi muy difícil la verdad.-le responde entre sollozos de nuevo.-
_ No llore más Mademoiselle Goupil, verla sufrir así me apena profundamente. Cuando he escuchado sus gritos pidiendo que no la separaran del ataúd de su padre… Me ha conmovido Lucile.-
_Si, bueno…tengo que hacerme a la idea de que mi padre me ha dejado para siempre.- comenta mirando al suelo.-
_ No lo creo. Su padre ahora la está esperando mientras descansa en paz Mademoiselle.-
_ Si, supongo que así es. Cuando llegue mi hora me reencontraré con él.-
_ Por supuesto, no lo dude. Acompáñeme por favor, la lluvia no cesa y no podría perdonarme el dejarla aquí sola y mojada ante la tumba de su padre.-
_Muchas gracias. Me he entretenido demasiado tiempo llorando y rezando, ¿sabe usted dónde están los demás?- pregunta preocupada.-
_ Si Mademoiselle, han cogido este camino para cruzar más rápidamente hasta la salida, no andarán lejos, si me sigue los encontraremos enseguida.-
_Muchas gracias de nuevo y perdone las molestias Monsieur Dupont.-
_No es molestia ninguna, por aquí por favor.- le responde mientras le indica con la mano el camino a seguir.

Monsieur Gustave Dupont a sus sesenta años tiene el pelo totalmente gris, aunque no se aprecia fácilmente por culpa del sombrero negro de ala ancha que siempre lleva. Sus rasgos son duros, y su piel está curtida por el sol o por el viento frío que soporta todos los días del año, sus ojos son pequeños y muy azules, su nariz aguileña y su sonrisa muestra una dentadura grande y descuidada. Es alto y delgado, va vestido con una larga y sucia levita negra, debajo de ella asoma un chaleco negro a juego, de cuyo bolsillo pende una cadenita plateada que pertenece a un reloj que guarda con gran estima, finalmente, unos pantalones negros rematan el atuendo.

Van sorteando tumbas, caminando a paso ligero mientras los ángeles y las vírgenes esculpidas los observan, varios cuervos graznan a su paso y empieza a caer la noche, pero la indumentaria de Lucile provoca que le resulte un tanto complicado pasar entre algunos sepulcros construidos más juntos y al haberse mojado y ensuciado de barro la falda pesa más de lo habitual.

_ ¿Que vida más injusta verdad?- pregunta Monsieur Dupont para romper el incómodo silencio que se estaba creando.- Nos aparta de los seres más queridos, dejando en nosotros unos vacío tan profundo que sólo podemos llenar con lágrimas de amargura.-
_ Si, mi padre para mi lo era todo, no sé si podré vivir sin él.- contesta Lucile tristemente.-
_ Que tristes palabras Mademoiselle y que ciertas a la vez. Ya llegamos a la salida, por aquí por favor.- le indica amablemente.-

Lucile se adelanta, han llegado a una parte mucho más cuidada que la zona dónde acaban de enterrar a su padre. Hay panteones de diversos tamaños y formas, aunque predominan claramente las construcciones de tamaño más reducido. También hay algunas con capacidad para tres o cuatro ataúdes, estas más grandes siempre van exquisitamente adornadas con flores talladas en mármol o palomas alzando el vuelo y algunas rematadas con esculturas de la gente que allí reposa en paz.

A Lucile le llama la atención una escultura en mármol blanco de una niña a la que han representado con unas alas de ángel, es preciosa, delicadamente esculpida y con unos detalles exquisitos. Se acerca para admirarla de cerca y en ese momento de distracción recibe un fuerte golpe en la cabeza cerca de la nuca, se desploma al suelo y sus ojos se cierran al perder el conocimiento, dejando en su retina la imagen de la niña alada de mármol.


Monsieur Dupont sostiene en su mano un trozo de piedra que se ha desprendido de una tumba, hay sangre en el canto de la piedra, sangre de Lucile. Ha parado de llover, pero el suelo es un barrizal, aún así, arrastra por el suelo a la pobre Lucile, la suelta solamente para abrir la puerta del pequeño sepulcro de la niña con alas de ángel. Tiene que agacharse pues el tamaño de la caseta mortuoria no es demasiado grande, se ve dentro el ataúd blanco y pequeño. En primer lugar, coloca la cabeza de Lucile en la entrada y apunta hacia el hueco que queda entre el ataúd y la pared, entonces la agarra por los pies y empuja para introducirla acostada de lado en el recoveco, sabe que no va a poder moverse si despierta.
Antes de cerrar de nuevo el sepulcro introduce en él la piedra ensangrentada y desaparece caminando tranquilamente. Al momento se encuentra con los hermanos de Lucile.

_Monsieur Dupont por favor ¿ha visto a nuestra hermana?- le preguntan intranquilos Gerard y Baptiste Goutil.-
_Si, hace un momento que se ha marchado, le costaba abandonar la tumba de vuestro padre.- contesta calmado Monsieur Dupont.
_ Muchas gracias. Suponemos que no tardará en llegar a casa entonces.- apunta Gerard Goutil.-
_ Con tantas callejuelas y caminos que tiene este lugar no sería raro que nos hubiésemos cruzado y ni siquiera nos hubiésemos visto.- remarca Baptiste Goutil.-
_ Desde luego, no es difícil perderse en este laberinto.- les señala Monsieur Dupont.

Gerard y Baptiste Goutil se alejan tranquilos con el convencimiento de que su hermana pequeña Lucile debe estar a punto de llegar a casa con su madre. Emprenden su camino a la salida y al pasar también se fijan en la preciosa niña de mármol con alas de ángel, la observan un momento y desaparecen entre las tumbas.

                                        


  ***



Lucile lo recuerda todo; el entierro de su padre, su paseo con Monsieur Dupont, el golpe seco… pero sigue en la más absoluta oscuridad, le continua doliendo el golpe en la cabeza, el frío es insoportable y no encuentra forma alguna de escapar, respira con dificultad porque le molestan muchísimo el polvo y las telarañas que le acarician el rostro, intenta no inhalar demasiado fuerte para evitar tragárselo todo, pero es inútil y acaba escupiendo asqueada. Tiene el hombro derecho entumecido, debe llevar varias horas recostada de lado, no le extraña la posición, no cabe de otra forma. Piensa que la locura esta empezando a invadirla, oye  voces fuera, oye cómo la llaman por su nombre.

_ ¿Mademoiselle Lucile, me oye?- le pregunta Monsieur Dupont mientras da tres golpecitos en la puerta de acceso al sepulcro.-

Lucile se tensa instintivamente al escuchar la voz de su agresor, no entiende absolutamente nada de lo que está sucediendo, pero decide que debe ser astuta y no contestar. Debe fingir que aún sigue inconsciente, de ese modo si él decide abrir la puerta y sacarla, cuando este fuera tendrá alguna posibilidad de escapar. La puerta se abre y una bocanada de aire frío invade el reducido habitáculo. Siente cómo la agarra con fuerza por los tobillos y empuja para sacarla, son necesarios al menos tres empujones para que su cuerpo salga enteramente al exterior, ahora esta tumbada boca arriba fingiendo no haber recobrado la conciencia.

_ Mademoiselle Lucile, despierte, ¿se encuentra bien?- le pregunta Monsieur Dupont mientras le da unos suaves golpecitos en las mejillas.- Despierte, sus hermanos han venido a buscarla.-

No puede evitarlo, al oír la última frase abre los ojos y se delata. Ante ella se encuentra Monsieur Dupont, mirándola extrañado. Intenta acercarse a Lucile para levantarla con cuidado, pero cuando lo intenta ella recula en el suelo y se arrastra torpemente para escapar de él.

_ Mademoiselle Lucile, no tenga miedo, no voy a hacerle ningún daño, por favor deje de arrastrarse por el suelo.- le dice intentando apaciguarla sin demasiado éxito.-
_ ¡Usted me ha golpeado y me ha encerrado en una tumba!- exclama Lucile con rabia.- ¿Y dice que no va a hacerme daño, cómo espera que le crea?- pregunta ella con absoluto desprecio.-
_ No Mademoiselle, yo no la he golpeado. Usted estaba desolada y muy triste por haber enterrado a su padre ¿Lo recuerda? Y se ha desmayado con la mala fortuna de que al caer se ha golpeado en la cabeza con una piedra.- le explica intentando calmarla.-
_Y si eso es así, ¿Quién me ha metido en una tumba?- el tono de su pregunta revela que está valorando la posibilidad de que la historia de Monsieur Dupont sea cierta.-
_ No lo sé Mademoiselle yo al verla con sangre en la cabeza me he asustado mucho y me he marchado rápidamente para buscar ayuda.- contesta él mostrando cierta dosis de culpabilidad por haberla dejado sola.-
_ ¿Dónde están mis hermanos?- pregunta Lucile mirando a derecha y a izquierda nerviosa sin verlos.-
_ Están buscándola cerca de la tumba de su padre.- contesta señalando la dirección.
_ ¿Y si no me ha metido usted aquí, cómo me ha encontrado?- pregunta cautelosa Lucile.-
­­_ Llevamos ya un rato buscándola y me ha parecido oír golpes aquí dentro, por eso he abierto el nicho y he echado un vistazo. Cual ha sido mi sorpresa al encontrarla inconsciente en el interior.- contesta en un tono franco.-


Lucile no acaba de creerse la historia que le ha contado Monsieur Dupont, pero si resulta ser cierta todo va a terminar en un momento, se reunirá con sus hermanos y ellos averiguarán lo que ha sucedido.
Ella ya ha emprendido el camino hacia la tumba de su padre, Monsieur Dupont la sigue a una distancia prudencial, por lo visto no quiere acercarse mucho e incomodarla, esto es buena señal piensa ella. Pero conforme Lucile se acerca a la tumba de su padre Monsieur Dupont acorta distancias con ella, los dos están nerviosos, la tensión se palpa en el ambiente y ambos saben que esta falsa apariencia de normalidad va a desaparecer de un momento a otro.

Puede vislumbrarse al final del camino que recorren la zona más humilde del cementerio. Es una zona despejada si la comparamos con el resto del camposanto, aquí no hay sepulturas de mármol, ni ostentosos panteones con estatuas que los adornen, simplemente algunos arces y cruces de piedra o madera que señalan las tumbas. No han llegado aún, pero Lucile ya ha visto y reconocido a lo lejos la cruz que marca la tumba de su padre y se acerca a ella como alma que lleva el diablo, ni siquiera mira atrás para comprobar la distancia que la separa de Monsieur Dupont. 

         Cuando llega a la altura exacta de la tumba el alma le cae a los pies, el hoyo no ha sido rellenado con tierra y al fondo observa horrorizada el ataúd abierto con su padre reposando en su interior, con las manos cruzadas a la altura del vientre y vestido con el mejor traje negro de tres piezas que tenía. Su aspecto es sereno, aunque el tono de su piel es grisáceo y con una textura similar a la cera, verlo así le provoca un escalofrío que la recorre de arriba abajo, y un nudo en la boca del estómago la alerta de que exactamente detrás de ella se encuentra Monsieur Dupont en absoluto silencio. Puede sentir en su dolorida nuca el cálido aliento que exhala al respirar intensamente tan cerca de ella.

_ Oh Mademoiselle Lucile, aquí tiene a su querido padre. Le he destapado para usted, para que pueda verlo por última vez.- le susurra desde la retaguardia Monsieur Dupont.-
_ ¿No me había dicho que mis hermanos me estaban buscando aquí?- le pregunta ella intentando mostrar entereza.-
_ Ah si, tiene usted razón, la estaban buscando pero hace unas diez u once horas, olvide mencionarle este detalle, lo siento.- su voz es fría, distante, muy diferente al tono que había utilizado con ella hasta el momento.-
_ ¿Por qué me está haciendo usted esto, por qué me ha golpeado?- le pregunta angustiada.-
_ Sólo quiero ayudarla, ¿no se da cuenta? Gracias a mi está viendo de nuevo a su padre, debería agradecérmelo Mademoiselle.- su tono es de sincera indignación.-
_ Usted esta loco, completamente loco. Hubiera podido matarme con el golpe que me ha dado, ¿no se da cuenta? Y además, por el amor de Dios, deje descansar en paz a mi padre por favor se lo ruego.- le contesta ella mientras las lágrimas empiezan a resbalarse por sus mejillas.-
_ Nada más lejos de mi intención el molestar a su padre en su descanso eterno, Dios me libre. Mi único propósito es prestarle a usted la ayuda que imploraba abrazada al féretro de su padre, mientras gritaba que no la abandonara.
_ Yo no necesito su enfermiza ayuda, ¡apártese y déjeme!- le grita Lucile mientras intenta en vano alejarse de él.-
_ Sé que no lo entiende, pero aún así voy a ayudarla Mademoiselle Lucile, ya no tendrá que sufrir cada día, a cada hora, por la pérdida de su padre. No llorará más, no sufrirá más. Yo voy a reunirla con él, por favor hágame caso, mírelo y escúchelo, tal vez si él se lo dice me creerá. Está llamándola por su nombre, ¿no lo oye?- le dice mientras la sujeta y la zarandea con fuerza.

Lucile intenta desesperadamente soltarse, pero todos sus esfuerzos son inútiles, está cansada y débil, exhausta. No tiene fuerzas ni para gritar en condiciones, aunque si lo hiciera nadie la oiría, darse cuenta de ello la desanima. De un empujón Monsieur Dupont la tira al suelo y se sienta a horcajadas sobre ella, Lucile se resiste y se retuerce por debajo, pero él no parece molestarse por nada que suceda a su alrededor, está tranquilo y concentrado. Saca de su bolsillo una fina tira trenzada de cuero marrón, la tensa en el aire con un rápido estirón, se la pasa hábilmente por el cuello a Lucile y aprieta para estrangularla.
Los ojos de ella están exageradamente abiertos, su expresión es la del miedo, abre la boca de forma desmesurada. La tira trenzada de cuero se le clava en el cuello hasta el punto de provocarle heridas y ella mueve sus dedos alrededor de la trenza intentando aflojar la presión que le provoca, pero la asfixia vence y Lucile muere.

_ En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.- recita Monsieur Dupont mientras se persigna.- Señor reúne a esta devota hija con su padre. Amén,- pronuncia estas palabras mientras dibuja con su dedo pulgar una cruz en la frente de Lucile.

Con sumo cuidado retira la trenza de cuero marrón que luce ella alrededor del cuello y queda dibujado el trenzado de la tira en su piel, como si llevara una gargantilla violácea muy ajustada. Cuando Monsieur Dupont se levanta, observa impasible el cuerpo sin vida de Lucile rodeado de barro, yace muerta a sus pies y si dirige su mirada hacia la izquierda puede ver el cuerpo de Monsieur Philipe Goupil, único testigo de lo que acaba de suceder.

La luz diurna empieza a iluminar el cementerio, Monsieur Dupont arrastra el cadáver de Lucile hasta el borde de la tumba de su padre, y una vez colocado en el borde con un empujón lo introduce dentro de la fosa, el cuerpo se precipita al fondo y queda tirado al lado del ataúd abierto. Sin entretenerse coge una escalerilla de cuerda, la desenreda y clava en el suelo los dos ganchos de hierro que hay en el extremo. Se asegura de que los ha colocado debidamente y baja por la escalerilla hasta el fondo del hoyo excavado como tumba. Coloca el cadáver de Lucile dentro del ataúd, y la acomoda al lado de su padre, cómo el ataúd no es lo suficientemente grande para albergar dos cuerpos y Monsieur Goupil ya tiene la rigidez propia que proporciona el rigor mortis, es Lucile la que tiene que acoplarse. Acaba recostada del lado derecho con el brazo y la pierna izquierdos sobre el cadáver de su padre. Monsieur Dupont sonríe al pensar que estarán abrazados para la eternidad y oye en su cabeza cómo padre e hija le dan las gracias, con la sonrisa aún en su rostro tapa el ataúd. Sube ágil por la escalerilla y la recoge desde arriba, la deja echa un rollo a su lado y con la pala empieza a depositar la tierra que tiene preparada en un montón para tapar el agujero. La tarea es agotadora, al principio no lo parece, pero cuando ya has perdido la cuenta de las veces que has hundido la pala en la tierra para echarla en el hoyo y aún no has cubierto ni la mitad del volumen la perspectiva cambia.
Cuando termina con sus pies aplasta la tierra para que adquiera cierta consistencia y repite el proceso por toda la superficie, de repente es interrumpido.

_ Buenos días Gustave, ¿Qué está haciendo aquí tan pronto?- pregunta el padre Vincent que aparece por sorpresa.
_Buenos días Padre Vincent, pues terminando con la tumba de Monsieur Philipe Goupil.- le contesta con la pala en la mano.-
_Muy bien, muy bien, eres un hombre realmente trabajador, tenemos mucha suerte de tener un enterrador como tú.- dice el padre Vincent con tono de satisfacción.-
_Oh muchas gracias, lo hago lo mejor que puedo. Siempre con respeto a los difuntos y como hombre de Dios.-responde mientras se santigua.-

Monsieur Gustave Dupont vuelve a quedarse solo en su cementerio, en el lugar dónde trabaja como enterrador, con sus pensamientos y sus terribles secretos rellenándolo por dentro. Los primeros visitantes empiezan a llegar al cementerio, algunos vienen con flores para depositar en las tumbas de sus seres queridos, otros simplemente vienen a pasear y a enterarse de los nuevos huéspedes que han sido alojados recientemente. Algunos se cruzan con Monsieur Gustave Dupont y le saludan amablemente, él les devuelve el saludo cogiendo el ala de su sombrero y bajándola levemente, intentando esconder de ese modo su mirada y los secretos que pueden escaparse a través de ella.

jueves, 14 de febrero de 2013

UN RELATO DE AMOR PARA SAN VALENTÍN




                                              

“MI ELENA”




No puedo dejar de mirarla. Mi ángulo de visión no es demasiado amplio ni tampoco cómodo, pero si me fuerzo y estiro el cuello al límite alcanzo a verla sentada en el banco de madera de la sala contigua, puedo hacerlo porque se han dejado la puerta entreabierta. No va arreglada, lleva el pelo recogido en una coleta baja y se ha puesto el chándal rosa que le regalé las pasadas Navidades, además el maquillaje brilla por su ausencia. Siempre le he repetido que su belleza es natural y no necesita de artificios. Soy un hombre realmente afortunado de tener como esposa una mujer como ella, mi Elena, mi hermosa y dulce Elena. Desde el primer momento que la vi supe que sería la mujer de mi vida, la madre de mis hijos y que por ella estaría dispuesto a cometer las más grandes locuras.
            Vuelvo a estirarme en mi banqueta y veo cómo un hombre joven se le acerca. Es un total desconocido para mí, pero observo sorprendido cómo ellos empiezan a conversar animadamente, por desgracia no alcanzo a escuchar nada de lo que están diciendo. El hombre va bien vestido con un traje de chaqueta y la corbata perfectamente anudada. Lleva el pelo engominado y varios papeles en la mano que está enseñándole a ella.

- ¿Pero que clase de confianzas son esas? – pienso, cuando veo que se sienta a su lado y posa su sucia mano sobre el hombro de Elena.

            Ella responde a ese gesto con una tímida sonrisa y siguen hablando centrados en los papeles. Ver la sonrisa de Elena dirigida a otro hombre me ha encendido la sangre. Noto cómo una punzada de dolor me traspasa el estomago y revuelve mis entrañas, una sensación de terrible calor me posee y se extiende por mi cuello hasta que explota en mi cabeza y un enorme peso en el pecho me aprieta hasta el extremo de sentir que respiro pero mis pulmones no se llenan de aire. Ella no sabe que la estoy observando, que estoy vigilando sus movimientos y eso es lo que me encuentro, un coqueteo descarado.

-          ¡Oiga, haga el favor de no moverse!- me increpa uno de los dos policías nacionales que tengo sentados a cada lado.
-          Sólo estoy estirando un poco los músculos y cambiando de postura agente. ¿O es delito moverse? -
-          No se haga el gracioso y haga lo que le digo por favor –


Realmente no tengo ninguna ganas de discutir con estos dos pastores alemanes, seguro que están aquí tan amargados como yo, esperando impacientes que se acabe su turno de una vez. Intento volver a tener contacto visual con mi Elena pero algún imbécil ha cerrado la puerta y ahora por mucho que me estire no veo nada. Por mi cabeza empiezan a pasearse una serie de ideas que me revuelven las tripas, todos los fotogramas que se generan son de Elena besándose apasionadamente con el hombre del pelo engominado. Decido cerrar los ojos con fuerza y pensar en algo bonito, lo único que acude a mi rescate es la imagen de nuestro único hijo Noel. Tiene seis años y a estas horas debe estar en el colegio, es un niño muy guapo y muy inteligente.
                                                                                      
─ Hola buenos días, ¿es usted Diego Albentosa? ─  Me pregunta una mujer rubia de unos cincuenta años.
─ Sí soy yo.
─ Perfecto. Me llamo Magnolia Hernández y soy su abogada del turno de oficio ─ Cuénteme lo que ha ocurrido y por favor sintetice, no tenemos demasiado tiempo antes de que le hagan pasar a declarar ante el juez.

En verdad no sé que espera esta mujer que le cuente, no ha pasado absolutamente nada. Aún estoy alucinando de que por una simple discusión doméstica me encuentre esposado y a punto de ser interrogado como presunto maltratador.

─ Señora no ha ocurrido nada. Anoche tuvimos una discusión, pero vamos nada del otro mundo.
─ Vamos a ver Señor Albentosa no es eso lo que ha contado su mujer ante el Juez. Según su declaración usted ayer la agredió física y verbalmente causándole una serie de lesiones que han sido acreditadas con el correspondiente parte médico ─ me dice mientras rebusca en su carpeta los mencionados partes.
─ No es cierto. Simplemente discutimos cómo otras muchas veces, pero yo no la he tocado.
─ Por sus respuestas intuyo que no va a querer conformarse y reconocer los hechos ¿verdad? ─
─ Supone bien. De ninguna manera voy a admitir algo que no he hecho.
─ ¿Sabe que la pena se reduciría en un tercio si se conformara con la acusación? ─
─ Sí, lo sé y le repito que no.
─ Está bien. Voy a informar de que no existe conformidad y pasaremos a tomarle declaración a usted.

La veo alejarse con cierto aire de desgana, no le ha gustado que me mantenga en mis trece. ¿Pero que espera, que me confiese culpable de un acto tan atroz como este y le de las gracias por conseguirme una rebaja en la pena tan ridícula? Ni en sus mejores sueños de mediocre pica-pleitos. Aunque hasta ahora me había mantenido bastante tranquilo sus palabras me han inquietado, según parece mi Elena no ha contado la verdad. Todo lo contrario, ha contado una serie de barbaridades que me pueden buscar la ruina. Recuerdo perfectamente cómo estábamos cenando y empezamos a discutir por lo de siempre, su manía de querer fastidiarme. Sabe que no me gustan los coqueteos, pero ella coquetea con cualquiera que se le ponga por delante, prueba de ello es lo que acabo de ver en la sala contigua con el hombre del pelo engominado.
Simplemente estuvimos hablando del tema, sin ir más allá, a ella se le cayó la sopa por el suelo y resbaló, punto y final. Después se marchó con Noel a casa de su hermana y estoy seguro de que la arpía de Natalia la obligaría a ir a urgencias para que desde allí llamaran a la policía y vinieran a detenerme a mí por algo que no he hecho. A mi cuñada no le he caído bien desde el principio, siempre ha estado llenándole la cabeza de pajaritos a Elena y tratando de que me abandonara como a un perro. ¿Qué clase de zorra haría eso? Pues la clase de zorra que es Natalia, ni más ni menos.

            ─ Diego Albentosa Esteve pase a declarar ─ me indica un funcionario mientras con un gesto me señala la silla en la que debo sentarme.

            La sala a la que hemos entrado es pequeña y está iluminada con una molesta luz blanca. A nuestro alrededor sólo tenemos montones de expedientes apilados, los hay por el suelo y hasta encima de las sillas. Los agentes de policía retiran el montón que reposaba en mi asiento y me invitan a sentarme, ellos se colocan bien erguidos uno a cada lado, flanqueándome. El funcionario que me ha llamado ocupa la silla de enfrente y sólo se preocupa del ordenador, seguramente será tarea suya el transcribir todo lo que allí se diga. En la habitación hay dos personas más a parte de mi abogada, una chica jovencita que me mira con sumo detenimiento y otro hombre más mayor que está chateando con su teléfono móvil.

            ─ ¿Señora letrada su defendido va a declarar? ─ le pregunta la chica jovencita.
            ─ Sí Señoría ─ le contesta mi abogada con evidente sumisión.
            ─ ¿Estamos todos? ─ pregunta la Juez.
            ─ No. Falta el abogado de la víctima ─ contesta rápidamente mi abogada.

            En ese mismo momento entra en la sala el hombre del pelo engominado. Así que el hombre misterioso ha resultado ser el abogado de mi Elena. Entra acelerado y pide disculpas a Su Señoría, se queda de pie a mi lado y no puedo evitar lanzarle una mirada de profundo desprecio que me sale del alma.

            ─ Señor Diego Albentosa, ¿sabe usted porque está aquí? ─  me pregunta la Juez.
            ─ Sé de lo que me acusan, pero no es cierto en absoluto.
            ─ Entonces no es cierto que usted anoche agrediera a su esposa en presencia de su hijo menor de seis años y le causara lesiones de diversa gravedad.
            ─ No, eso es falso.
            ─ ¿Entonces que ocurrió?
            ─ No ocurrió nada. Sólo discutimos un poco.
            ─ ¿Entonces los cinco puntos que le han puesto a su mujer en la cabeza y los diversos moratones que presenta por todo el cuerpo se los ha hecho ella misma?  ¿Tampoco insultó a su mujer llamándola “puta de mierda, basura o sucia zorra”? ─
            ─ No.
            Entonces usted niega todos los hechos. ¿Por qué cree entonces que su mujer le acusa a usted? ─
            ─ No lo sé. Supongo que es el plan de su hermana para quitarme de encima ─ contesto mientras resoplo levemente.
            ─ Ya veo, es todo un complot contra usted entonces. ¿Seños Fiscal alguna pregunta?
            ─ No Señoría ─ contesta el hombre mayor que ha dejado de toquetear el móvil para contestarle ─
            ─ ¿Los letrados alguna pregunta? ─
            ─ No Señoría ─ responden ambos a la vez.

Basta un simple gesto de la Juez para que los dos policías me levanten y me vuelvan a llevar a la banqueta de madera. Vuelvo a intentar estirarme para ver a Elena pero la puerta contigua sigue cerrada y me es imposible. Debe de estar muy preocupada por mí, me gustaría abrazarla y decirle que no se preocupe por nada, que la perdono y sé que todo esto no es culpa suya sino culpa de su maquiavélica hermana. Sin embargo tengo que reprimir mi rabia al ver cómo el hombre del pelo engominado si que puede entrar en la sala contigua para hablar con ella, prefiero no volver a pensar en esa escena de nuevo.

─ Señor Albentosa, va a quedar en libertad provisional sin fianza y van a abrirse Diligencias Previas. Además se dictará una orden de alejamiento a favor de su esposa. Usted no podrá acercarse a menos de 500 metros de dónde se encuentre ella, incluido su domicilio y el lugar de trabajo y tampoco podrá tener contacto o comunicación por ningún medio. ¿Lo ha entendido? ─ Me comunica mi abogada cómo si estuviera recitando una letanía que se sabe de memoria.
─ Sí. ¿Entonces ya me consideran culpable no? ─ le pregunto con cierto tono de amargura en la voz.
─ No. Estas son medidas cautelares que se toman hasta que se celebre el juicio correspondiente ─
─ Bien. Gracias.
─ Tendrá que venir a firmar los días uno y quince de cada mes, no lo olvide. Es otra medida cautelar que Su Señoría le ha impuesto ─

Rebusca entre los papeles que sostiene y me entrega una copia de los mismos para que me la quede de recuerdo. Al fin y al cabo esto sólo son papeles, no tengo ninguna intención de separarme de mi familia, para hacerlo me lo tendría que decir Elena a la cara, directamente y sin intermediarios. Los recoge uno de los policías, a mi me resulta imposible ya que me han esposado con las manos en la espalda limitando de ese modo mis movimientos, después de tanto rato ya empiezan a dolerme los hombros y también las muñecas. De repente la sala contigua se abre y veo salir a Elena seguida por su pedante abogado, no me mira, avanza con la cabeza gacha a paso rápido y los dos policías se han interpuesto entre ellos y yo, frenando cualquier intento por mi parte de acercarme a ella. Me pongo nervioso, quiero decirle que la quiero y que es la mujer de mi vida. Pero las palabras se atragantan en mi garganta, la ira empieza a crecer y a expandirse por mis adentros sin control, cuando veo que de nuevo el hombre con el pelo engominado le pone la mano sobre la espalda y le da unos suaves golpecitos. Agacho la mirada para evitar encenderme más de la cuenta.

Ha llegado el momento de liberarme, con cuidado me abren las esposas y el alivio que siento es reconfortante. Muevo lentamente las muñecas y me las froto vigorosamente para rebajar el escozor. Hago círculos con los hombros para relajar las articulaciones entumecidas, siento que voy recobrando poco a poco mi dignidad. Los policías se levantan y me hacen entrega de un sobre amarillo que contiene mis efectos personales, muy serios se despiden de mi y me dejan libre al fin. Abro el sobre para hacer recuento mis cosas y comprobar que no falta nada, ahí está el paquete de tabaco, mi mechero, mi cartera y  las llaves de mi coche. De pronto mi vista se queda fija en el llavero del Valencia Club de Fútbol, de ese llavero cuelgan las llaves de mi casa. Una gran sonrisa se dibuja en mi rostro, creía que estas llaves se las quedarían confiscadas para evitar que pudiera entrar, pero por lo visto aquí todo es simple rutina, muchos expedientes que tramitar y poco personal o tiempo para hacerlo. Nadie va a preocuparse de que cumpla la orden de alejamiento, supongo que lo dejan bajo mi responsabilidad.

Estoy en la calle, me enciendo un cigarro y me relajo cada vez más mientras lentamente voy dando fuertes caladas y hecho todo el humo por la nariz. Definitivamente es el momento perfecto para pasar un rato en mi bar favorito, pero recuerdo que no va a poder ser ya que se encuentra a menos de quinientos metros de mi casa y estaría incumpliendo la orden de alejamiento a las dos horas de dictarla, un acto no demasiado inteligente por mi parte. Me tendré que conformar con el primer bar decente que encuentre en el que me sirvan un par de copas. No tardo nada en elegir uno y me siento en la barra, estoy solo y extiendo los papeles para echarles un vistazo. Releo la orden de alejamiento y la indignación se apodera de mi, no hay fijada aún fecha para el juicio y puede tardar meses ¿acaso pretenden que me aparte de mi mujer y de mi hijo durante un tiempo indefinido? Eso es imposible, ellos me necesitan y seguramente a estas alturas ya estarán echándome mucho de menos. Mientras apuro el tercer güisqui la idea toma forma en cabeza, tengo que ir a verlos esta misma noche, esperaré a que se duerman para entrar en casa, podré hablar con mi Elena y arreglar las cosas entre nosotros. No tengo ninguna duda de que estará totalmente arrepentida, muy triste, esperando que todo vuelva a la normalidad.


                                                         _ _ _



Todo ha sucedido muy deprisa y ahora estoy sentado en la terraza de mi edificio con las piernas colgando hacia fuera esperando reunir el valor suficiente para saltar al vacío. Aprieto con fuerza el osito de peluche de Noel y no puedo evitar hundir mi cara bañada en lágrimas en el muñeco buscando un consuelo que no llegará para mi, lo que ha ocurrido ha sido horrible. No ha sido culpa mía, de ninguna manera quería que pasara lo que ha sucedido, la culpa ha sido toda de Elena, como siempre.

Hacia las tres de la madrugada llegaba a mi calle que estaba desierta por completo, pensé que era el momento perfecto para poder entrar en casa sin ser visto y arreglar las cosas con mi Elena. Tropecé torpemente con el escalón del portal.

─ ¡Maldito güisqui barato! ─ mascullé entre dientes mientras intentaba centrar la llave en la cerradura.

Subí los escalones con más dificultad de la que esperaba, por lo visto iba algo borracho. Abrí la puerta de casa y mantuve toda mi concentración para no hacer demasiado ruido y despertar a Noel. Aunque el niño tiene el sueño profundo, jamás se ha despertado en plena noche, no creí que esa iba a ser la primera. Tiré la chaqueta en el suelo y me dirigí a la habitación de matrimonio, note cómo el corazón se me aceleraba y se subía desbocado a mi garganta, la adrenalina se disparó en todo mi cuerpo. Abrí la puerta con cuidado y me asusté al no encontrar a Elena en la cama. Estaba en el baño, por lo que tuve que actuar con rapidez y esconderme debajo de la cama para que no me viera y saliera corriendo. Aguardé oculto allí debajo hasta que se acostó y por el tiempo transcurrido calculé que se había vuelto a dormir. Con mucho cuidado repté por el suelo hasta salir de mi escondite y allí estaba mi dulce Elena tan hermosa, durmiendo placidamente. Ignoraba su reacción por lo que tuve que taparle la boca para evitar que un sobresalto estúpido estropeara nuestro encuentro furtivo. Cuando apreté para ahogar su voz, ella se revolvió y abrió los ojos como platos.

─ Mi amor tranquila, soy yo, he venido para hablar contigo ─ le susurré dulcemente al oído.

Sus ojos se llenaron de lágrimas y rápidamente entendí que estaba llorando de alegría al verme, ella no esperaba que desafiara a la justicia para poder volver a acariciarla de nuevo.

─ Ahora voy a soltarte, no grites Elena, piensa en Noel ─

Muy despacio fui dejando de ejercer presión sobre su boca y la liberé para que pudiera hablar. Sin embargo no dijo nada, se quedó mirándome con una expresión de terror en su rostro y con un movimiento brusco intentó alcanzar el móvil que tenía en la mesilla de noche. Por supuesto que se lo impedí y lancé el móvil contra la pared haciéndolo añicos.

─ ¿Pero que coño estas haciendo? ─ pregunté enfadado ─ ¿Quieres llamar a la policía para que vengan a por mi verdad? ─
─ Diego por favor te lo ruego, vete. No diré que te has saltado la orden de alejamiento, te lo prometo ─ me contestó entre sollozos.
─ Claro y quieres que me lo crea cuando lo primero que has hecho es intentar coger el puto móvil. ¿Te crees que soy estúpido verdad? ─
─ Por favor déjanos. Ya nos has hecho suficiente daño, además, hueles a güisqui barato, estás borracho ─
─ Que curioso, para ti siempre estoy borracho. He venido para arreglar las cosas Elena y tú no lo estás poniendo nada fácil. Sé que no has sido tú la que ha tenido la brillante idea de denunciarme, sé que ha sido Natalia ─
─ Diego ella no tiene nada que ver con esto. Anoche te volviste completamente loco y me hiciste mucho daño ¿Acaso no me ves la cara? ¡Me la has destrozado! ─ me gritó mientras encendía la luz de la lamparilla para que pudiera ver su rostro desfigurado.
─ Estás hermosa Elena, tú eres hermosa. Dime que me quieres y que todo esto tiene arreglo.
─ Esto ya no tiene arreglo Diego, haz el favor de marcharte y no te denunciaré. Pero si vuelves a incumplir la orden de alejamiento te aseguro que no dudaré un segundo en ponerlo en conocimiento de la policía ─
─ ¿Serías capaz de hacerlo? Le pregunté asombrado ─ No te creo. Tú me quieres demasiado para hacerme eso.
─ Lo que voy a hacer es marcharme de esta casa y a empezar de cero con nuestro hijo. He sido una ingenua al pensar que ibas a cumplir la orden judicial, no debería haber venido a casa tan pronto. Ahora vete, no tengo ganas de hablar más contigo, estoy cansada y dolorida ─
─ ¿Qué no tienes más ganas de hablar conmigo maldita puta? ¿Me estoy jugando el cuello por venir a verte y así me lo pagas? ─
─ Diego por favor márchate y no grites que vas a despertar a Noel por el amor de Dios ─ me contestó mientras empezaba a temblar levemente.
─ Yo no me voy a ningún sitio perra desagradecida, esta es mi casa ─

Empecé a manosearla y a tocarla mientras un creciente sentimiento de deseo crecía en mi entrepierna y me embriagaba más que el alcohol si cabe. Me subí a la cama y le rompí el camisón, iba a poseerla en ese mismo momento, no me importó que ella estuviera llorando. Cuando terminé me sentía feliz y relajado, yo solo quería a mi mujer, a mi dulce Elena.

─ ¿A que ahora lo ves todo desde otra perspectiva? ─ le pregunté esperando que se abalanzara a mis brazos y me cubriera de besos implorando perdón por sus errores.

Pero no obtuve respuesta, se quedó con la mirada perdida. Aprovechó el instante en el que me estaba abrochando los pantalones para saltar de la cama en dirección a la puerta, quería escapar. Salté la cama por encima y la cogí del pelo, de un tirón la volví a tirar en la cama y tuve que darle dos bofetadas para que recuperara la compostura.

─ ¿Se puede saber a dónde crees que vas? ¿No te parece que estás actuando cómo una loca? ─
─ Por favor te lo suplico, déjame en paz, no me pegues más ─
─ Elena no te das cuenta de que siempre me obligas tú, si te comportaras de otro modo todo sería más fácil. Por ejemplo hoy en el juzgado ¿que confianzas son esas con tu puto abogado? ─
─ No empieces por favor…te lo ruego Diego ─
─ No me has contestado. Os he visto y tú parecías una vulgar zorra coqueteando con él. ¿Te gustaría que fuera él el que te follara verdad? ─

En ese instante empecé a notar cómo la ira se apoderaba de mi cuerpo y de mi mente, una tremenda furia que no podía contener crecía exponencialmente hasta que me ahogaba en ella. La misma sensación de opresión en el pecho, el calor sofocante y las terribles imágenes que se agolpaban en mi cabeza. En cuestión de segundos veía claramente dentro de mi cabeza cómo fornicaban en todas las posturas posibles, y ambos se reían a carcajadas al acordarse de mí, esas burlas eran insoportables. No sé cómo ocurrió, tampoco me di cuenta en el mismo instante, estaba demasiado ocupado luchando para alejar de mi mente los terribles fotogramas de la infidelidad de Elena. Pero durante la proyección mental de estas imágenes estuve apretando con fuerza el cuello de mi Elena, con tanta fuerza y tanta rabia que acabé asfixiándola. Se quedó tendida en la cama, semidesnuda y mirándome con unos ojos desorbitadamente abiertos. Con delicadeza los cerré, le puse una almohada bajo la cabeza y la cubrí con la sábana, estaba tan preciosa como siempre. La sensación que tuve fue la de una tremenda paz interior, ahora podía estar tranquilo de que ningún desgraciado tocaría su suave y delicada piel nunca más.
A esta tranquilidad que duró poco la siguió un tremendo dolor, el dolor de comprender que tampoco podría volver a tenerla yo. Y en ese momento se despertó mi hijo Noel.

─ Hola Papá ─ me dijo con su vocecita ─ ¿Qué pasa? ─
─ No pasa nada hijo mío. Mamá está muy cansada y papá está acostándola para que descanse.
─ Vale ─
─ Vete a dormir tesoro que ahora irá papá para arroparte a ti también ─ le dije conociendo el terrible significado que albergaban estas palabras.

Me quedé un momento mirando a Elena, ella no querría que dejara sólo a Noel, ella nos había abandonado y a mi vendrían para llevarme a prisión. Nuestro hijo se quedaría sólo e indefenso en este mundo cruel. Me levanté y con sigilo me encaminé a la habitación de Noel, estaba profundamente dormido, abrazadito a su osito de peluche preferido. Fue más sencillo de lo que pensaba, durante unos instantes apreté la almohada contra su carita, no opuso demasiada resistencia y tan sólo dio algunas pataditas pero enseguida se quedó dormido para siempre, mi dulce Noel. Lo cogí en brazos y lo acosté al lado de su madre, desde luego al verlos allí durmiendo juntos me consideré un hombre afortunado por tener una familia tan hermosa. El próximo paso era reunirme con ellos para siempre.

Y aquí estoy sentado en la terraza de mi edificio con las piernas colgando y abrazado al osito de peluche de mi hijo. Aquí arriba hace frío y la calle está totalmente desierta. Ha llegado el momento de reunirme con ellos, me incorporo, cierro los ojos y hago acopio de todo el valor necesario para saltar, pero ni con eso es suficiente para decidirme. Definitivamente comprendo que no voy a hacerlo, no ha llegado mi momento aún, me doy la vuelta y me dispongo a marcharme cuando la visión que se aparece ante mi me paraliza y me horroriza a la vez.
De pie ante mi están Elena y Noel, tal cual me los había dejado en la cama, ella con su camisón roto y él con su pijama de ranitas azules. No me dicen nada, simplemente me miran y avanzan hacia mi lentamente. Instintivamente retrocedo, hay algo en sus rostros que es diferente, aterrador e inquietante, desprenden un odio terrible que empieza a asustarme de verdad. En un movimiento macabro extienden sus brazos y abren desmesuradamente sus bocas emitiendo un grito que me alcanza cómo la onda expansiva de una explosión. Esta energía invisible me impulsa hacia atrás obligándome a retroceder hasta el límite de la terraza, estoy atrapado entre ellos y el vacío que se abre a mis espaldas. Una tétrica sonrisa cruza sus rostros, me tienen dónde querían y no van a desaprovechar la oportunidad, con otro grito que a su vez genera otra ola de energía provocan que me precipite al abismo. Mientras voy cayendo rápidamente hacia el asfalto me estremece la visión de sus dos fantasmagóricas caras asomadas a la terraza observando con absoluta calma cómo me estrello contra el suelo.